El amanecer en Manchester trajo un golpe seco al corazón del boxeo. Ricky “The Hitman” Hatton, el hombre que llevó el rugido de su ciudad a Las Vegas, fue hallado muerto en su casa de Hyde, en Greater Manchester, a los 46 años. La policía acudió a Bowlacre Road a las 6:45 de la mañana del 14 de septiembre y confirmó que no existen indicios de crimen. Un silencio difícil de imaginar cubrió el barrio donde todos sabían quién era ese vecino que un día hizo soñar a Inglaterra.

Hatton no fue un boxeador cualquiera. Nacido en Stockport, criado entre pubs y canchas locales, se convirtió en campeón del mundo en dos divisiones —superligero y wélter—, conquistando cinturones de la WBA, IBF y The Ring, además de ser nombrado Boxeador del Año en 2005 tras su histórica victoria ante Kostya Tszyu. Su estilo frontal y valiente, siempre avanzando, lo llevó a combates de leyenda frente a Floyd Mayweather Jr. y Manny Pacquiao, peleas que convirtieron a Las Vegas en una extensión de Manchester. Miles de británicos viajaban para verlo pelear, entonando el Blue Moon del Manchester City como si fuera un himno de guerra.

Hatton habló de sus problemas mentales y de adicciones

Pero Hatton también peleó fuera del ring. Habló sin tapujos de sus batallas contra la depresión, el alcohol y las drogas, confesó intentos de suicidio y, tras tocar fondo, logró reconciliarse con su familia en 2013. Esa sinceridad, esa humanidad sin disfraces, lo hizo aún más querido. Era un campeón que seguía pareciendo el chico de al lado, capaz de tomarse una pinta en cualquier pub de Hyde y charlar con cualquiera.

Lo trágico del final aumenta el impacto de la noticia. Apenas unos meses atrás, Hatton había dejado entrever que preparaba un regreso al ring en diciembre, una última aventura que ahora quedará inconclusa. Su muerte recuerda que, más allá de los títulos, la vida de los campeones también se libra en combates invisibles.

Ricky Hatton fue la encarnación del espíritu obrero de Manchester: duro, cercano, incansable. Su legado no se mide solo en victorias, sino en las noches que unieron a miles de aficionados y en la valentía de mostrar sus cicatrices. Hoy, el boxeo británico pierde a uno de sus hijos más ilustres, y Manchester despide a un hombre que demostró que la grandeza no necesita perfección, solo corazón.

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